Señor de Los Milagros

Desde el origen de la procesión, la tradición nos cuenta del mar morado de fieles que llenaban las calles de Lima en Octubre.

Y aunque en estos tiempos, no todos los peregrinos usan hábitos, la procesión continúa siendo una masiva unión de fe, colores y razas que viven con el alma en pecho sus costumbres de siempre.

Este año se ha confirmado que el Señor de los Milagros representa nuestra festividad más numerosa y ferviente a nivel nacional (para muchos, incluso latinoamericano). Siendo declarada Patrimonio Cultural del Perú por el Instituto Nacional de Cultura (INC).

Designación oficializada  el 27 de octubre, lo que  es un justo reconocimiento al cristo moreno que une nuestros corazones año a año.

El día de ayer, el Fondo Editorial de la Universidad Católica presentó una nueva publicación, en el Museo de Arte Colonial Pedro de Osma, en Barranco denominada: “El rostro de un pueblo. Estudios sobre el Señor de los Milagros”.

En merecido homenaje literario a la figura más representativa de la fe peruana, la obra es un completo estudio sobre el Señor de los Milagros y su tradiciones.

La publicación contiene los ensayos de cuatro diferentes autores:

  • Francisco Pini, con su ensayo “La devoción a la cruz y al Cristo Crucificado en la tradición histórica de América”;
  • José Antonio Benito, con “Historia del Señor de los Milagros de las Nazarenas”;
  • Antonio San Cristóbal, con “La iglesia de Las Nazarenas”; y
  • Vincenzo Gratteri, autor del ensayo “La procesión del Señor de los Milagros”.

No podíamos llegar al fin de este mes morado sin conmemorar todas aquellas costumbres que acompañan el andar del Señor de los Milagros, sin las cuales Octubre no sería el mismo.

Tradiciones, sumadas a los hombres, mujeres, ancianos y niños que año tras año caminan apretujados unos con otros sin importarles el cansancio y la fatiga.

Cómo pasar por alto las plegarias devotas y los miles de aplausos que enmarcan una procesión casi nacional.

De tanta trascendencia, que recibe merecidos espacios en cadenas de televisión e incluso ha sobrepasado las fronteras, para llegar a los corazones de miles de hermanos en el mundo.

A la usanza de muchos años, de guirnaldas,  cadenetas de colores blanco y morado y la tradicional lluvia de pétalos, se han unido alfombras de flores multicolores elaboradas por Clubes de Madres y Comedores Populares de Lima y Callao, convocadas especialmente para marcar el camino del Señor.

Que cuenta con tener siempre cerca a sus fieles zahumadoras, Cantoras y miembros de la Hermandad, quienes sobresalen de la multitud, ataviados con sus moradas vestimentas y rodeados de cirios.

Es infaltable el encuentro con diligentes vendedores de detentes, hábitos, calendarios, rosarios, anillos, velas, cordones blancos, gorras, estampitas, etc. al alcance de todos los bolsillos piadosos.

Culminado con el aroma de anticuchos y picarones que en ocasiones provocan una agradable humareda mayor que las zahumadoras.

En nuestros días, podemos hallar en el camino procesional desde Mazamorra Morada y Turrón de doña Pepa; hasta la novel combinación de arroz con pollo, tallarines y papa a la huancaína, producto del ingenio de la inmigración provinciana.

En conjunto, todo el universo al que lo peruanos denominamos la Procesión del Señor de los Milagros.

Numerosas costumbres del mes morado provienen de tiempos muy antiguos (incluso virreinales), perdiéndose en el camino muchas de ellas, mientras que otras tomaron fuerza.

Uno de los mejores ejemplos, nos es otorgado en la figura de los penitentes.

Estos sujetos acompañaban al Señor de los Milagros en los días de su procesión, siendo la mayoría fieles que por enfermedad o por pura devoción, se habían obligado a cumplir esta promesa religiosa.

Iban cubiertos con un saco negro, llevando el rostro con una larga careta de igual color.

Cuentan que incluso algunos marchaban con los pies descalzos; pero todos con el objeto común de pedir limosna para el santísimo, diciendo en voz alta:

“Ayudemos a pagar la cera de Nuestro Amo y Señor de los Milagros. ¿Dónde están los devotos y las devotas del año pasado?”

Es más, mucho tiempo después de haber quedado extinguida es nuestra capital esta costumbre, en el monumento de Chorrillos se estacionaban doce penitentes haciendo guardia en el Altar Mayor de la iglesia, teniendo espadas desnudas en la mano cuyas puntas descansaban en la tierra, en señal de duelo.

De acuerdo con los historiadores la subsistencia de los penitentes exigía un rostro descubierto, pues el uso de máscara era considerado atributo carnavalesco, provocando su extravío en nuestras memorias.

Diferente suerte corrieron las Zahumadoras, que en la actualidad tienen su merecido lugar junto a la propia hermandad del venerado Señor de los Milagros; uniéndoseles en 1967 las hermanas cantoras.

Pero aunque no lo crean, las primeras zahumadoras eran las criadas engreídas, llamadas mulatas de casa grande, a quienes sus amas ataviaban con gran lujo para su labor de octubre.

Iban con el pelo arreglado en menudas trencitas, trajes de raso y seda, muchas joyas y grandes braseros con todo el juego o servicio de plata y algunos hasta de oro; dentro de los cuales echaban incesantemente, sobre carbones encendidos, una resina muy aromática llamada zahumerio. Por lo que las tales zahumadoras eran entonces unas alhajas andantes.

Si traemos a nuestra memoria la vez en que nos preguntamos: ¿Por qué el color morado en las celebraciones del Señor de los Milagros?, recordaremos que la fundadora del Instituto Nazareno, que hasta el día de hoy existe, provino de tierras hermanas ecuatorianas.

Premisa que, aunque no lo crean, encierra la presencia de la imagen al reverso del Señor de los Milagros.

Imagen que nos despide cada vez que asistimos a la procesión de octubre y que vemos alejarse de nuestro paso con el final de de las peregrinaciones de cada año.

Hablamos nada menos que de la Señora de la Nube o Virgen de la Nube, de origen ecuatoriano que data del 30 de diciembre de 1696, en que cuentan se apareciera en cielos de la ciudad quiteña.

Efigie que es por primera vez mencionada, al lado del venerado Señor de los Milagros, por el cronista Llano de Zapata en relatos del mes de octubre de 1747.

Cuentan que las noticias acerca de las milagrosas apariciones de la Señora de la Nube se publicaron y difundieron en toda la ciudad; coincidiendo que por esas épocas profesaban en el Monasterio de las Madres Nazarenas de Lima, algunas religiosas de procedencia ecuatoriana.

Las cuales lograron convencer a la Priora, el Consejo Directivo y el resto de la comunidad, a rendir un meritorio homenaje a la memoria y tierra de la fundadora nazarena, Madre Antonia Lucía del Espíritu Santo.

Incorporándose así, el lienzo con la imagen de la Virgen de la Nube a las Andas del Señor de los Milagros de las Nazarenas.

Aunque sea difícil de creer, la procesión que en la actualidad congrega a miles de devotos peregrinos por calles limeñas cada mes de octubre, se llevó a cabo por vez primera con una réplica de la imagen.

La primera procesión se llevó a cabo luego del 20 de octubre de 1687 en que dos fuertes temblores, uno a las 4.30 de la mañana y luego a las 6.30, ocasionaron la pérdida de aproximadamente 100 vidas y derribaron templos y la mayor parte de las casas.

Sebastián de Antuñano sacó una réplica de la imagen y junto a devotos congregados en su ermita, que habían buscado refugio, recorrieron las principales calles de Lima.

Siendo así como nace la Procesión al Señor de los Milagros.

Años después llegó el terremoto del 28 de octubre de 1746, que según refieren los testimonios de la época: “En menos de tres minutos dejó caer todos los altos de la ciudad de Lima: sólo quedaron en pie 25 casas, y de 60,000 habitantes que habían en ella perecieron como cinco mil. La caída de los grandes edificios envolvió en sus ruinas a las casas inmediatas convirtiendo en escombros casi toda la ciudad”.

Al conmemorarse el primer aniversario del terremoto de 1746, la imagen tomó la costumbre de salir el 28 de octubre, visitando calles, templos, monasterios y hasta ramadas.

Hoy en día, un mar morado sigue devotamente al Señor de los Milagros, portado en andas y avanzando a paso lento y fervoroso. En busca de poder observar lo más cerca posible la venerada imagen que va bamboleante y haciendo venias.

 En lo que para muchos es un acompasado movimiento impreso por los cargadores del anda, que da a la imagen un ritmo de humano movimiento.

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